“Viva Cristo Rey” dejó de ser una expresión ocasional en los discursos del presidente Abelardo De La Espriella y se convirtió en uno de los sellos de sus intervenciones públicas. La frase, utilizada de manera reiterada en discursos, mensajes y publicaciones en redes sociales, abrió un debate político y jurídico sobre la presencia de la religión en la actividad presidencial y sobre los límites que debe observar un jefe de Estado en un país constitucionalmente laico.
La discusión cobró especial fuerza desde la posesión presidencial del pasado 7 de agosto, ceremonia en la que participaron representantes de distintas confesiones religiosas. Desde entonces, la utilización de referencias explícitamente cristianas por parte del mandatario se ha convertido en un elemento recurrente de su comunicación política.
Para la profesora Bibiana Ortega, del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Javeriana de Bogotá, el fenómeno puede interpretarse dentro de la denominada “batalla cultural” que De La Espriella ha planteado como uno de los componentes de su proyecto político.
Según la académica, el cristianismo ocupa un lugar importante dentro de esa construcción política y funciona como uno de los elementos alrededor de los cuales el mandatario busca articular una determinada idea de identidad nacional.
La religión como parte del discurso presidencial
La relación de De La Espriella con la religión también ha generado interés por el contraste con declaraciones realizadas años atrás, cuando llegó a identificarse públicamente como ateo.
El propio mandatario ha explicado que recuperó la fe hace aproximadamente seis años y que posteriormente asumió nuevamente el catolicismo como parte de sus convicciones personales.
Durante la campaña presidencial, el partido Defensores de la Patria presentó al entonces candidato como alguien que no se consideraba un político tradicional y que entendía su proyecto como una misión orientada por sus creencias religiosas.
Tras su victoria electoral del 21 de junio, esa dimensión religiosa adquirió mayor visibilidad dentro de la nueva administración.
Uno de los hechos que más llamó la atención fue la designación del pastor evangélico Jaime Andrés Beltrán como ministro de Vivienda, decisión que reforzó la percepción sobre el peso que diferentes sectores cristianos tienen dentro del nuevo Gobierno.
A esto se sumó el retiro espiritual organizado por De La Espriella el primero de agosto, seis días antes de asumir la Presidencia. Durante ese encuentro con sus ministros, el mandatario manifestó su intención de poner a Dios “en el centro” de las decisiones de su Gobierno.
En las imágenes difundidas de la jornada se observó al presidente orando de rodillas y también la celebración de una misa, mientras a los integrantes del gabinete se les entregaron ejemplares de la Biblia.
Para quienes respaldan esta dimensión de su Gobierno, se trata de la expresión de las convicciones personales de un presidente que no pretende ocultar sus creencias. Para sus críticos, en cambio, existe una diferencia entre ejercer libremente una religión como ciudadano y trasladar esas referencias al ejercicio institucional de la Presidencia.
Una posesión presidencial marcada por diferentes credos
La presencia religiosa también fue evidente durante la ceremonia de investidura.
En el acto participaron representantes de distintas confesiones. El rabino David Michaan intervino con la lectura de pasajes del Antiguo Testamento y cerró su participación con la expresión “Viva Colombia y viva Israel”.
Posteriormente participaron el pastor Eduardo Cañas Estrada y el monseñor Francisco Múnera, quienes hicieron llamados relacionados con la seguridad, el cese de la violencia y la unidad nacional.
La diversidad de representantes religiosos fue presentada como una muestra de pluralidad, pero también terminó alimentando el debate sobre cuál debe ser el papel de las creencias religiosas dentro de los actos oficiales de un Estado que no tiene una religión oficial.
El debate llegó a los tribunales
La controversia dejó de ser exclusivamente política y terminó llegando al escenario judicial.
Según la información conocida sobre el caso, un juez ordenó recientemente al presidente, en primera instancia y mediante una acción de tutela, realizar una alocución por radio y televisión para ofrecer disculpas por una presunta vulneración de la neutralidad religiosa del Estado.
La decisión fijó el 30 de septiembre de 2026 como fecha para el cumplimiento de esa orden.
De La Espriella acató el requerimiento, pero simultáneamente impugnó la decisión judicial. Es decir, el debate jurídico no quedó cerrado con el cumplimiento de la orden inicial y deberá continuar en las instancias correspondientes.
La tutela es un mecanismo constitucional destinado a la protección de derechos fundamentales y las decisiones de primera instancia pueden ser impugnadas, por lo que el fallo mencionado no representa necesariamente el desenlace definitivo de la controversia.
Mientras se define el escenario judicial, el presidente ha continuado utilizando “Viva Cristo Rey” como una de las frases de cierre de sus intervenciones.
¿Convicción personal o mensaje político?
Precisamente ahí está una de las principales discusiones.
La Constitución colombiana protege la libertad religiosa y reconoce el carácter plural de la sociedad. El debate consiste en determinar hasta dónde puede un mandatario trasladar sus convicciones personales al discurso institucional sin generar la percepción de que el Estado favorece una determinada confesión.
En el caso de De La Espriella, sus referencias religiosas no parecen estar aisladas de su proyecto político. Durante la campaña, el componente cristiano estuvo acompañado de posiciones relacionadas con la defensa de la familia, la oposición al aborto y las críticas a lo que el mandatario denomina “ideología de género”.
Para sus seguidores, estos elementos representan valores que deben tener espacio dentro del debate público. Para sus opositores, el riesgo aparece cuando una convicción religiosa particular se presenta como fundamento de decisiones que deben representar por igual a ciudadanos creyentes, agnósticos y ateos.
La profesora Bibiana Ortega considera que la utilización de estos símbolos también puede tener una función política: conectar al Gobierno con sectores religiosos que fueron importantes dentro de la base electoral que llevó a De La Espriella a la Presidencia.
La otra polémica: el video de los cuerpos
El debate religioso se cruzó esta semana con otra controversia alrededor del mandatario.
De La Espriella fue cuestionado por sus opositores después de que difundiera un video en el que aparece caminando cerca de cadáveres embolsados correspondientes a personas que, según la versión oficial del Gobierno, serían integrantes de una estructura disidente de las FARC abatidos durante una operación militar en el Guaviare.
El senador opositor Iván Cepeda cuestionó duramente las imágenes y puso en duda que la conducta del mandatario fuera compatible con los valores cristianos que públicamente defiende.
La crítica abrió una discusión adicional: si la utilización de símbolos religiosos por parte del presidente debe analizarse únicamente desde la libertad de culto y la comunicación política o también desde la coherencia entre el discurso de valores cristianos y las actuaciones públicas del jefe de Estado.
Un debate que apenas comienza
Más allá de las posiciones a favor o en contra del presidente, el caso plantea una discusión que trasciende a De La Espriella: cuál debe ser el límite entre las convicciones personales de quien ocupa la Presidencia y la obligación de representar a una sociedad plural.
“Viva Cristo Rey” puede ser para unos una expresión legítima de fe y para otros un símbolo de la creciente presencia de la religión en el discurso oficial.
La controversia jurídica, además, sigue abierta mientras se resuelven los recursos contra la decisión de primera instancia.
Por ahora, el lema continúa apareciendo en las intervenciones del mandatario y se ha convertido en una de las expresiones más reconocibles de su Gobierno. El debate está servido: hasta dónde puede llegar la fe personal de un presidente cuando habla desde el poder del Estado y en nombre de todos los colombianos.










