Por Eduardo Verano de la Rosa
La historia nos ha puesto a prueba una y otra vez; por eso, si algo nos define a los colombianos es una coraza inquebrantable, forjada a fuerza de resistencia y tenacidad.
Ante coyunturas complejas e incluso frente a desafíos tan devastadores como el terremoto que tanto nos duele, demostramos de qué estamos hechos: en Colombia lo que sobra es perrenque, y si algo ha quedado claro a lo largo del tiempo es que crecemos a pesar de la dificultad.
Hoy nos encontramos de nuevo en un punto de quiebre. Un nuevo gobierno inicia su mandato con el liderazgo del presidente Abelardo de la Espriella y, como ocurre cada cuatro años, la expectativa colectiva se renueva con la frescura del niño que estrena un juguete.
Hay en el ambiente una ilusión sincera y renovada. Queremos superar etapas, avanzar a niveles más altos, cumplir metas postergadas y alcanzar los objetivos estratégicos que nos hemos fijado como sociedad.
Es cierto que debemos mantener los pies firmes en la tierra. Los recursos públicos son finitos y las restricciones presupuestales son insoslayables.
Sin embargo, no hay límites para la imaginación estratégica ni para la audacia institucional. Si bien el presupuesto tiene un techo, la capacidad de pensar y articular nuevos esfuerzos para la gestión de recursos no puede tener fronteras.
Por eso, desde el Atlántico vemos con enorme optimismo el proceso de articulación y empalme entre el Gobierno nacional y los entes territoriales.
La metodología planteada, en la que cada gobernación y alcaldía presenta sus prioridades —tres proyectos maduros en Fase 3 y tres necesidades de alto impacto en fases previas—, nos encuentra con la tarea hecha: el Atlántico cuenta con un banco de iniciativas listas para ejecutarse.
Resulta de la mayor trascendencia el interés manifestado por el presidente De la Espriella en materializar la autonomía territorial de las regiones, al expresar que las consolidará como entes territoriales con capacidad real para jalonar recursos directos del erario.
Esta visión descentralizadora es clave para estructurar y financiar proyectos de escala supradepartamental que transformen el Caribe y las demás regiones del país de acuerdo con lo estipulado en los artículos 306 y 307 de la Constitución Nacional y sus leyes orgánicas.
Vemos de forma nítida el respaldo gubernamental a megaproyectos como el Puente de la Hermandad, que conectará estratégicamente los departamentos de Atlántico y Magdalena, convirtiéndose en un potente motor productivo e integrador para el sur de ambos departamentos.
De igual forma, recibimos con entusiasmo la decisión de destrabar el macroproyecto del Canal del Dique —una inversión superior a los 3 billones de pesos que permanece frenada por trámites como licencias ambientales, paradójicamente tratándose de una obra de restauración ecológica vital para los departamentos de Sucre, Bolívar y Atlántico—.
El interés del nuevo Gobierno nacional por desbloquear e impulsar iniciativas que impactan directamente la calidad de vida de cientos de miles de atlanticenses nos llena de confianza.
El desarrollo no nace de la abundancia, sino de la claridad en las prioridades. Si articulamos esfuerzos entre la Nación y las regiones, este período no será solo de transición, sino el salto cualitativo hacia la autonomía y la prosperidad por las que tanto hemos luchado.










